Pues sí, laicismo
Fernando Savater
De todas las broncas políticas que padecemos hoy en España
–y también, cada cual a su modo, en otros países europeos-
ninguna resulta más inquietante que la disputa sobre el laicismo
de la sociedad democrática. Es un debate que preocupa porque no gira
en torno a una cuestión secundaria, acerca de la cual caben diversas
posiciones ideológicas igualmente válidas, sino sobre una
de las paredes maestras de nuestro sistema de libertades. Un punto fundamental
pero que todo parece indicar que irá adquiriendo aún mayor
importancia en nuestro futuro pluralista y heterogéneo. Por decirlo
de entrada y de una vez: las democracias modernas han de ser laicas no para
complacer a sus gobernantes menos piadosos sino para cumplir su función
esencial, es decir, la defensa e ilustración de la libertad de conciencia
y de elección entre los ciudadanos. Los individuos particulares pueden
ser religiosos de mil y una maneras, escépticos, ateos o perpetuos
indecisos, asombrados por lo misterioso del cosmos: pero el Estado de derecho
ha de tratarles a todos de igual modo, es decir, ha de respetarles y considerarles
exclusivamente en cuanto laicos. No parece difícil de entender… ¡pero
hay que ver la de tonterías que oímos mañana y tarde
al respecto!
Para empezar, dos falsedades: primera, la que opone la laicidad ( hoy ya
aceptable a regañadientes por los clérigos menos integristas
de cualquier credo) y el laicismo (agresivo, intransigente y enemigo de
toda trascendencia espiritual). Sencillamente, es un espantajo. En realidad,
las iglesias llaman “laicismo” a cualquier aspecto de la laicidad que no
les conviene o que la hace un poco más institucionalmente efectiva.
Según esta grotesca nomenclatura, el “laicismo” es la laicidad en
marcha y la “laicidad”, el laicismo claudicante o en retroceso. Segunda
falsedad, insistir en que constitucionalmente España es un país
“aconfesional” y no “laico”, como si lo uno significara que el Estado debe
fomentar todas las religiones y lo otro que piensa hostilizarlas a todas.
Sandez sobre sandez. El laicismo no persigue a los creyentes (esas persecuciones
siempre se hacen por motivos religiosos, incluido un ateísmo elevado
a dogma inquisitorial) sino que da campo abierto a todas las creencias por
igual, pero en la conciencia de cada cual. Naturalmente no reprime que esa
conciencia se manifieste de modo público, pero exige que sea a título
privado y no con respaldo gubernamental. Y entre las creencias que ampara
esa libertad religiosa está la de quienes opinan críticamente
sobre los dogmas religiosos y sus imposiciones morales o pseudocientíficas.
Los que hablan de religión para decir “no” son tan respetables a
todos los efectos religiosos como quienes dicen “sí”. Voltaire, Freud
o Nietzsche son pensadores religiosos, tal como Santo Tomás o Pascal.
Por centrarnos en la iglesia que más de cerca hemos padecido hasta
ahora, la católica, no deja de ser algo cínico que tras su
comportamiento durante las dictaduras de Franco, Pinochet, Videla, etc…
(por no remontarnos al nazismo) sostenga hoy que el respetuoso laicismo
democrático –que sólo la “persigue” en el sentido de que no
la favorece y subvenciona…o así debería hacer- es la antesala
del totalitarismo que pisotea los derechos humanos. ¡Lo que faltaba,
la mujer de Putifar metida a consejera matrimonial! Y lo mismo puede decirse
de los sermones eclesiales sobre cuestiones nacionalistas. Hemos padecido
durante décadas –en el País Vasco o en Cataluña- a
clérigos entusiastas de los separatismos más obtusos. Y ahora
aparecen obispos que quieren convertir la españolidad en dogma de
fe. Algunos laicistas que creemos en la necesaria cohesión del Estado
de Derecho les pedimos que, por favor, no pretendan defender a golpe de
homilía la unidad de España: en su boca suena a engañabobos,
como todo lo demás.
27-12-2006