No tenemos derecho a quejarnos
Por Juan José Millás
Aquí dos amigos, dos de los hombres más poderosos del
planeta.
Ambos dicen estar inspirados por Dios para hablar del aborto
y la homosexualidad o para bombardear países.

Estos señores van de un lado al otro del mundo en vehículos
especiales, protegidos por docenas de guardaespaldas armados hasta los dientes.
Cientos de tiradores de élite vigilan desde las azoteas las calles
por las que pasan, previamente cortadas al tráfico. Estamos hablando
de dos de los hombres más poderosos del planeta. Una decisión
suya puede alterar gravemente la rutina de millones de personas. Juntos o
por separado llenan páginas de la prensa diaria, ocupan las cabeceras
de los telediarios, se cuelan en el salón de los hogares a la hora
de la comida y de la cena. Son tan conocidos en la fábrica como en
el café, en el burdel como en la iglesia, en la universidad como en
la escuela infantil. He aquí, en fin, dos Jefes de Estado siderales,
globales, con una influencia decisiva sobre la construcción de la realidad.
El del traje blanco está convencido de que es le representante de Dios en la Tierra. Se trata, pues, de un delirante que el domingo por la mañana transmite al mundo, desde una ventana, las opiniones del Supremo Hacedor acerca del preservativo o del aborto o de la homosexualidad, entre otros asuntos fundamentales en un mundo donde mueren de hambre miles de personas al día.
El de la corbata es un paranoico de libro que cuando reza oye voces. Estas voces le ordenan bombardear periódicamente ciudades donde viven gentes de tez oscura.
Son amigos, se admiran y posar con una fotografía de sí mismos, para salir dos veces.
Dado que viven de los impuestos de personas como usted y como yo, quizá no tengamos derecho a quejarnos.