Laicidad vs. laicismo?
01.11.2007
LUIS DORADO GARCÍA – Secretario de FETE-UGT La Rioja
Cada vez que la Iglesia católica siente en peligro los privilegios de
que goza en España, asistimos a verdaderas campañas que pretenden
hacerla aparecer como una víctima de fuerzas demoníacas que pretenden
suprimirla. Últimamente se trata de contraponer los términos laicidad
y laicismo como si de palabras opuestas se tratara. ¿La laicidad es
tolerable, el laicismo es intrínsecamente malo!, claman las
jerarquías católicas, las «concapas» y demás.
Van menudeando las
declaraciones tremendistas como la de ex arzobispo de Pamplona,
Fernando Sebastián (que, por cierto, el 27 de marzo pidió el voto
para los partidos de extrema derecha): «Esta creciente marginación
de
la Iglesia fue una de las causas profundas ( ) de la reacción popular
y de la dureza de la Guerra Civil». Ahí es nada. Lo más
triste es que
personajes tan admirados y admirables como Peces Barba y Norberto
Bobbio abunden en la oposición entre ambos sustantivos, incurriendo
en la misma artificial antonimia que pretenden los obispos, y
haciéndoles el juego. En tal polémica Peces Barba sigue la estela
de
Norberto Bobbio quien, debido sin duda a lo timorato de sus juicios
sobre religión en los últimos tiempos, se viene haciendo merecedor
de
la publicación de sus artículos en la revista 'Iglesia Viva',
fundada, entre otros por el mentado arzobispo Fernando Sebastián.
Bien, en mi opinión ambos términos, laicidad (que no existe en
el
diccionario RAE, aunque sí en el de Manuel Seco) y laicismo, no son
en modo alguno equivalentes, pero tampoco contrarios, como nos
quieren hacer creer. Desde un punto de vista morfosemántico, y
haciendo caso a Unamuno cuando decía que «la lengua no es la
envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo», observamos
cómo el nombre «laicidad» posee el sufijo «-dad»,
sufijo que
sustantiva al adjetivo «laico» y le añade un sentido de cualidad.
Es
decir, el sustantivo «laicidad» no significa otra cosa que «cualidad
de laico». Por tanto, es lícito hablar «mi laicidad»,
ya que no he
tomado los hábitos, de la laicidad de una plaza de toros, o de la
laicidad del Estado, cuando éste haga efectiva su independencia y
retire su padrinazgo a las confesiones religiosas.
La palabra «laicismo» sí aparece en el DRAE, y no significa
otra cosa
que «doctrina que de-fiende la independencia del hombre o de la
sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier
organización o confesión religiosa».
Resulta evidente, por tanto, que el «laicismo» es el sistema de
ideas
que pretende conseguir la «laicidad» de un Estado. Es decir, son
términos diferentes, pero no contrapuestos, sino más bien
complementarios.
Porque, y siguiendo con la cuestión lingüística, si el laicismo
es
tan perverso y opuesto a la laicidad, ¿cómo debemos llamarnos
los que
defendemos la laicidad del Estado? Quien encuentre otra palabra que
no sea «laicista» tiene premio.
Ocurre que a lo largo de la Historia, ha habido quienes, en nombre
del inocente laicismo, se han dedicado a quemar iglesias, asesinar
sacerdotes, violar monjas, etc., hechos estos que no modifican el
significado prístino de aquel vocablo, ya que quienes incurrieron en
tales desmanes abandonaron su laicismo para entregarse a un vesánico
anticlericalismo o antirreligiosidad. Es el caso de algunos elementos
de la Revolución Francesa o de la Guerra Civil española. Pretender
por tanto que el laicismo es perverso porque en su nombre se
cometieron salvajadas sería igual que aplicar el mismo calificativo a
la religión católica puesto que, también en su nombre,
se cometieron
otras: la Inquisición, la propia la Guerra Civil
Esta, y no otra, es la supuesta amenaza que el Episcopado enarbola
siempre que se habla de financiación de la Iglesia o de la Educación
para la Ciudadanía. En ambos casos identifican interesadamente
laicismo con anticlericalismo o antirreligiosidad, y nada más lejos
de la realidad: el laicismo es un sistema ideológico que propugna la
tolerancia y el respeto, pero al mismo tiempo defiende que la
iglesia, las iglesias, deben financiarse con sus propios medios y no
con los del Estado. En otras palabras, cuando el laicismo triunfe en
España, España gozará de la cualidad de la laicidad, será
independiente de confesiones, pero no quemará conventos ni iglesias.
Eso ya pasó hace muchos años, aunque a algunos les interese
desenterrar el anticlericalismo e identificarlo con la corriente
laicista, con la que nada tiene que ver. Como dice Bonifacio de la
Cuadra, «nada de eso implica perseguir a la iglesia católica, que
deberá tener el espacio que le corresponda en un Estado laico y el
que le concedan sus fieles, pero de ninguna manera una financiación
asegurada ni una situación de privilegio en materia educativa o
fiscal».
El laicismo, doctrina que defiende la laicidad del Estado, debe, en
suma, formar parte de los proyectos de cualquier partido no
confesional, tengan o no éstos a católicos en su seno.