El buen recuerdo
FERNANDO DELGADO
No se puede decir que la ley de Memoria Histórica haya topado con la
Iglesia un rato antes de que fuera votada en el Congreso de los Diputados, que
es lo que cree una católica amiga mía que no sale de su indignación
por la claudicación de las fuerzas políticas ante la jerarquía
eclesiástica al dejar que los símbolos franquistas campen por
sus fueros en la casa del Señor. La ley viene topando con la Iglesia
desde sus orígenes y que finalmente las huellas de la dictadura en las
paredes de sus templos no supongan para ella un perjuicio económico no
es sino un episodio más. Tampoco debería asombrarse mi amiga porque
los nacionalistas de CIU y PNV acudan en auxilio de los obispos: los nacionalistas
de derechas son casi siempre más de derechas que nacionalistas, del mismo
modo que los nacionalistas de izquierdas son más nacionalistas que de
izquierdas. Eso le pasa a mi amiga por olvidar que también hay beatas
que rezan en catalán y en euskera y que con el cirio detrás de
los prelados conservadores no sólo va la derecha del PP. Pero mi amiga,
que es católica muy ejerciente, parecía esperar de mi una condena
a la permanencia de signos y símbolos franquistas en los espacios religiosos.
Siento defraudarla. Yo estimo que la ley ha quedado más completa salvaguardando
el ejercicio de memoria histórica que supone la presencia imborrable
de cualquier testimonio de la vinculación de la iglesia española
con el franquismo y su entusiasta complicidad con la dictadura. Es más:
supongo que la Iglesia pretende así ser leal con su propia historia y
no hurtar a las generaciones venideras las evidencias de su simpatía
con el Caudillo. Tiene enterrados en sus presbiterios a verdaderos genocidas
y no es justo pedirle que los exhume en actos de ingratitud con ellos. Es más,
eso es lo que justifica que nunca se haya visto necesitada de pedir perdón
y que la reconciliación signifique para ella que los demás se
avengan a dar por buenos sus propios desafueros. Peor me parece que de la biografía
de algún beato reciente se omitan las páginas que hablan de sus
provocaciones políticas y se exalte sólo que fue perseguido por
su fe aquel que lo fuera especialmente por sus actos políticos, aunque
ni por una cosa ni por otra se justifique ningún asesinato. Dejemos,
pues, que la Iglesia se recuerde a sí misma, satisfecha, cómo
actuó en el pasado. Eso ya no es lo peor; lo peor es que de los comportamientos
de algunos de sus miembros en el presente no se vislumbre nada bueno para el
futuro. Comprendo que le duela a mi amiga, católica de la cruz y no de
la espada, pero supongo que su relación personal con Dios no se verá
afectada por eso y que, a pesar de todo, rezará por sus obispos. Al menos
para que sólo se condenen lo justo.